miércoles, 1 de mayo de 2019

Éxito aquí

Cada tanto en esas clases entraba la señora con el teclado. Un teclado, digo, un piano eléctrico. El instrumento. Pedía permiso al docente, se asentaba en una mesa adelante de todo, observaba el panorama de la clase, y comenzaba a cantar. Su voz era bastante poco armoniosa, chillona, y a menudo mantenía esas notas agudas que generaban un murmullo en el aula, producto de una risa contenida en masa. Y como si eso fuera poco, sus hits estaban todos en una lengua extranjera que nadie del aula manejaba: el hebreo.

A lo largo de los años la misma señora se presentó de la misma manera en todos los cursos, incluso algunos dicen haberla visto en la terraza sola o en el vestuario de la pileta. Siempre saludaba afectuosa y cordialmente a los docentes, y se mostraba como una conocida. Pero nos quedamos en 'se mostraba'.

Un día, de tantos que existen en la vida de uno, se comenzó a rumorear que nadie conocía verdaderamente la proveniencia de la señora. Pues, se contaba que se escuchó a unas profesoras manteniendo una conversación similar a la siguiente:

+ "Che, ¿vos sabés quién es esa del piano?"
- "No, ni idea, pensé que la conocías."
+ "¿En serio? Yo pensé lo mismo. ¿Y quién es?"
- "Creo que nadie la conoce. Varias veces hablé con otras del área y todas la saludan porque las otras la saludamos nomás."
+ "Que raro..."

El rumor se hizo más extenso, pasando por todos los docentes, llegando a la jefa del área de historia (pues la señora del piano siempre entraba a las aulas de los docentes de historia), y ante tamaño misterio, esta pregunta llegó al mismísimo Director de la institución. Bueno, en realidad el rumor del esparcimiento del rumor de la señora del piano era otro rumor.

Pasó un tiempo... No se produjo ningún avistamiento de la señora del piano por unos meses. Pero eso era habitual, no estaba por todo el año interrumpiendo las clases de historia.
Hasta que me pasó esto.

Me había dormido muy temprano el día anterior, y entonces terminé despertándome más temprano que de costumbre. Como no tenía nada para hacer, me fui a clases bien bien temprano. Total, abrían las puertas como hora y media antes de la primera hora.
Llegué, bien temprano, de hecho antes que nadie, y me quedé esperando en la puerta hasta que abrieran, para poder entrar. En todos los años que había asistido allí, nunca había oído de nadie, ni de nadie que hubiera oído de nadie más, que hubiese llegado tan temprano como para esperar afuera. Creo que fui uno de los primeros en hacer eso, sino el primero.

Ya faltando 90 minutos para la primera hora (había llegado unas 2 horas antes), se abren las puertas, desde adentro. Me llamó muchísimo la atención, porque esto significa que ya había gente adentro, o que entraron por otra entrada, aunque yo no conocía ninguna otra además de la principal. Supuse que habría otra entrada.

Cuando entré, el lugar estaba completamente desierto. Ni siquiera había alguien que pudiera haber abierto la puerta. "Bueno, cerradura electrónica o algo", pensé.
Ya que era tan temprano, pensé caminar un poco por el colegio, total, no tenía nada para hacer, y bueno, ya fue.

Así que subí las escaleras, me propuse ir hasta el lugar más recóndito en la hora más insólita, solo como un 'logro desbloqueado' para mí mismo. Estaba, repito, sin nada mejor para hacer.
Entonces pensé subir a la terraza. Siempre había visto una puerta que conducía a algún lugar al que nunca había logrado entrar, y pensé aprovechar la situación para echarle un vistazo.
Llego al piso número seis, hago un pequeño paso de parkour para saltar por un hueco y ver si podía abrir la puerta desde ahí. Era como un mostrador o una barra extraña que había ahí, no sabía bien por qué... Hasta ese momento.

Debajo de la barra había una tapa, en el piso. No sé qué se me cruzó por la cabeza, que se me ocurrió levantarla a ver qué había debajo.

Al hacer eso, yo esperaba ver cablerío, o bien algunos caños, una rejilla... Pero no... Veo una escalera vertical que descendía unos metros para abajo. Curioso, pues, este era el último piso para arriba; no suele haber sótanos en la terraza...

Y bueno, qué más da... Descendí. Con cuidado dejé la mochila, iluminé un poco para ver si había algo que pudiera salir mal, y con un poco de imprudencia simplemente me metí en el agujero.
Tras descender unos 5 metros, me encontraría en una especie de entrepiso entre el piso 4to y 5to. Y hasta el día de hoy no puedo creer lo que vi.

Era un salón gigantesco, que ocuparía todo el piso de ese ala del edificio, sin ninguna pared en el medio, con un techo de una altura de cerca de 120 centímetros. Ahora me hacía mucho sentido por qué los pisos tenían tantos escalones entre ellos... Existían entrepisos muy amplios, quién sabe para qué.
Pero este no era un entrepiso cualquiera.
Estaba lleno,
completamente lleno
de teclados eléctricos.

Tenía una iluminación muy tenue, que venía principalmente del hueco por el que había bajado. Ya con un poquito de miedo (qué digo, estaba cagado) encendí la linterna de mi teléfono celular para ver mejor.
Ni bien se encendió el LED, que demora aproximadamente 0,7 segundos desde que se presiona el botón, me estremecí completamente y sentí escalofríos como si la temperatura hubiese descendido a -15 grados centígrados.

En el fondo del salón, bien allá lejos, estaba la señora. Quiero decir, yo pensé en algún momento de mi travesura que la señora podría haber estado allí múltiples veces, que utilizase eso como espacio de almacenamiento. Pero nunca, nunca, me esperaba verla allí... En su cama.

Por supuesto apagué inmediatamente la luz, pero lo que pude ver era una cama, al fondo de la sala, un velador al lado de la cama, una pila de libros, muchísimas partituras, y muchísimos, INNUMERABLES teclados rotos, y algunos sanos.

Escuché un movimiento, como si hubiese despertado a la señora, pero inmediatamente salí corriendo, subí por la escalerita, me raspé un poco las manos sin querer, puse la tapa, y rajé súbitamente de ese lugar.
Me fui lo más lejos que pude, yendo al comedor que estaba en la planta baja, esperando que la señora no bajase... Pues, yo seguía siendo el único que estaba en todo el lugar.

Afortunadamente eso no sucedió, y después de una hora comenzó a llegar más gente. El día siguió con normalidad.

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Hasta el día de hoy, no me había animado a contarle esto a nadie. ¿Qué significaría lo que ví? ¿Cuánto tiempo hacía que la señora estaba en ese sótano de un metro 20 de altura? ¿Cómo podía ser que alguien viviera así? ¿Era acaso legal? ¿De dónde vino, y hacia dónde iría la señora? Demasiadas preguntas que nadie podría contestar, demasiadas preguntas que nadie debería plantearse nunca.

Pero hoy, ya varios años después de que yo terminara de cursar en ese lugar, me animo a contarlo...

Espero que no desate la catástrofe.

Sinceramente,
                       yo.

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